Sábado mediodía, partimos de la hirviente metrópoli hacia la Costa Brava en busca de la calma de espíritu, alejamiento del runrun de millones de pensamientos y movimientos incesantes.
Abandonamos la boa en Figueres para, después de un corto recorrido sintiendo pórcido perfume, trepar a lo largo de una zigzagueante culebrilla pendiente del mar y la roca. Cayendo sobre alba aglomeración caliza nos invaden las negras y brillantes pizarras ígneas que inspiraron los desiertos de refulgente iluminación borrosa con mares de fondo e imposibles figuras fundentes.
Lo primero sumergirse en la madre azul que nos acoge como refugiados de las punzantes puntas negras. Más tarde paseo contemplativo en medio de blancas piedras ordenadas en rectas formas horizontales y verticales, estas últimas como queriendo huir de los negros y estrechos ríos que las recorren. En su base pequeños seres cavernícolas crean hermosas figuras y lienzos de chillones colores para ornar tan escasa tríada cromática sólo violada por el verde del intruso ser vegetal que,insolente, se atreve a allí crecer.
En la negrura de la noche, cuando la pizarra despierta y desnuda de su interior su desesperación sin luz, volvemos a sumergirnos en la madre mar tal y como ella nos escupió en los confines de la memoria.
Vuelta a la esquizourbe.